Cuando el saber es utilizado como medio extorsivo de persuación, la comunicación ha tergiversado su objetivo y contaminado su escencia. El mensaje no puede volverse en contra de su receptor; si no, sólo se obtiene la manipulación despótica de la información. Vemos a diario cómo mensajes erróneos se insertan en la mente de la población, como si fuéramos un elemento más del hardware y todo esto se logra con la complicidad activa del Diseño.
El Diseño evita que cuando leemos la etiqueta de un frasco sepamos si su contenido son gotas digestivas o cianuro. Nos avisa que, si seguimos derecho con el auto, vamos a terminar en un barranco. Diferencia el baño de caballeros y de las damas, pero a la hora de ser utilizado como un instrumento del poder, se convierte en un arma de destrucción masiva. Gigantescas pancartas políticas, atrayentes carteles de neón, hasta los asientos de los colectivos están intentando introducirnos un mensajes sin dejarnos la elección de aceptarlos o no.
Se meten en nuestras mentes, las "formatean", configuran el inconsciente colectivo. Entonces empezamos a basar nuestro estilo de vida en códigos silenciosos que la mayoría de las veces no hacen más que causarnos frustración por no poder llegar a ser lo que la sociedad espera de nosotros. Vemos un cartel y, de inmediato, empezamos a desear cualquier cosa. Ser jóvenes eternamente, tener muchas mujeres, comprar nuestra ropa en las mas sofisticadas tiendas de moda. Pero ¿es genuino ese deseo? ¿O son necesidades innecesarias que surgen
en nosotros?
Nuestra propuesta es volver a los orígenes de la comunicación, creando un verdadero espacio de diálogo entre nuestros clientes y sus clientes, disolviendo estos géneros que en vez de orientar, condicionan; recuperando esa intimidad en el diálogo que nos hacía confiar en esa persona detrás del mostrador, quien antes de ser farmacéutico, era nuestro vecino y nuestro amigo.